Hay palabras nuevas o adaptadas que se instauran con urgente pertinencia en los glosarios de las comunidades y los países. Se vuelven parte de sus vidas, de su entorno, de la forma en que ven y vemos el mundo.
Hace casi 100 años, para una comunidad indígena totonaca en la costa este de México, en el estado de Veracruz, esa palabra fue ixchalatiyat, que significa “el aceite extraído del corazón de la tierra”. Petróleo.
En el epílogo de la década de 1920, se encontraron reservas de este líquido en Poza Rica y sus alrededores, incluida la región indígena del Totonacapan, en donde hoy vive el activista Omar Lázaro García. Para cuando García nació, Poza Rica ya era apodada la “capital petrolera” del país.
García escribe en un ensayo de opinión, con fotografías de Manuel Bayo Gisbert, su historia y la de su pueblo transformado por los pozos petroleros. “Para la década de 2010, la destrucción ecológica era la norma”, relata García. A los pobladores se les decía que este era el “mundo moderno”. Sin embargo, argumenta el activista, las consecuencias no han sido menores:
La exposición prolongada a los hidrocarburos se ha relacionado con problemas respiratorios, defectos congénitos y mayores tasas de cáncer. En la localidad de Emiliano Zapata, una de las comunidades más contaminadas del Totonacapan, donde dos de los arroyos de la zona están negros de lodo tóxico y las calles apestan a petróleo y gas, los residentes temen por su salud.
Estas no han sido las únicas repercusiones. En el México de finales del siglo pasado, otras palabras se han añadido a ese glosario colectivo de términos cotidianos: narcotráfico, cárteles y “huachicoleo”, como se le conoce al robo de combustible. Lo que sucede en una pequeña región de un país rico en petróleo muestra como una palabra puede contener realidades distintas e incluso contradictorias. Escribe García:
Hoy, en todo el Totonacapan, el petróleo se ha convertido en sinónimo de destrucción ecológica, violencia de los cárteles y privación de derechos políticos.
Agencia Reforma

