El sangriento ascenso y caída del principal jefe criminal de México

Nacional

El Mencho, posiblemente el criminal más poderoso del mundo, no tenía teléfono celular.

Preocupado por la posibilidad de que los dispositivos revelaran su ubicación, recurrió a mensajeros humanos para gestionar una extensa organización criminal que se extendía por todo México y 40 países, según altos funcionarios mexicanos. Daba órdenes desde campamentos móviles en las colinas boscosas del oeste de México, rodeado de lo que, según las autoridades, eran al menos 60 hombres y un arsenal de armas de uso militar.

Su vida escondido en el bosque desmentía el hecho de que era uno de los hombres más ricos de México. Tal disciplina mantuvo a El Mencho —un expolicía convertido en sicario cuyo nombre legal era Rubén Oseguera Cervantes— en libertad durante dos décadas.